Lo ocurrido ante Brasil no es fruto de la casualidad, sino la culminación de una estrategia que Marruecos lleva años perfeccionando. En el minuto 65 del esperadísimo partido de la fase de grupos de la Copa del Mundo 2026, los Leones del Atlas llegaron a tener sobre el césped a once futbolistas nacidos fuera del país, un hecho sin precedentes en la historia de los Mundiales.

Todos ellos cumplen con la normativa de elegibilidad de la FIFA. ¿Y qué dice dice el reglamento? Pues permite representar a una selección nacional a aquellos jugadores con nacionalidad del país y vínculos familiares directos —padres o abuelos nacidos allí— o que cumplan determinados requisitos de residencia.

Marruecos ha convertido esa normativa en una de las bases de su crecimiento futbolístico. Durante años, la federación marroquí ha desarrollado un ambicioso plan para captar talento de su extensa diáspora en Europa, convenciendo a futbolistas formados en países como Francia, España, Bélgica o Países Bajos para que defiendan la camiseta marroquí.

Una apuesta que ya fue clave en el histórico Mundial de Qatar 2022 y que ahora alcanza una nueva dimensión en 2026, con una selección capaz de competir al máximo nivel gracias a una combinación de raíces familiares, identidad nacional y planificación estratégica.